Les comparto un texto realizado por Viviana Berger con la colaboración de Marcela Almanza, sin duda el titulo habla por si solo. Disfrútenlo

Está comprobado que habérselas con el goce femenino ha resultado complicado tanto para hombres como para mujeres. De algún modo, cada quien se ha visto forzado a inventarse su propia vía y libreto para hacer – o no hacer – con el Otro sexo. Cada uno con su estilo, a su manera; con sus posibilidades y limitaciones. Para algunos, con dramatismo; para otros, con sentido del humor. A veces, trágicamente. Formas más sufrientes, menos sufrientes. Lo que sí queda claro es que no es sencillo para nadie. Sin duda, los interrogantes sobre el sexo – en sus diferentes modalidades, y la cuestión de la identidad sexual, han puesto en marcha la maquinaria del saber y la creatividad en los diversos ámbitos de la ciencia y la cultura.

De hecho por ejemplo, actualmente la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis (ELP) en España ha elegido Los hombres y sus semblantes como el tema de sus Jornadas de este año. Encontrarán en el blog (www.elp-debates.com) artículos y comentarios muy interesantes al respecto, que los invitamos a consultar.

Resulta muy curioso el nombre del Diario de trabajo: Too mach! – grafía deliberada que propone una letra. Podemos escuchar: “Tú mach(o)”, “Too much”/demasiado, “Tú match” en el sentido del combate y la lucha – tan características de la virilidad, y también en los términos de la rivalidad especular. En fin, una invitación a pensar y discutir sobre los problemas del semblante masculino y la cualidad de las respuestas que se construyen, pero no en vacío ni en la pura disertación intelectual, sino en una orientación a que algo allí de lo real pueda ser articulado.

Incluimos en esta Varité una entrevista que, al respecto realizaron nuestros colegas de España a Ernesto Sinatra [1] (psicoanalista y actual director de la Escuela de la Orientación Lacaniana) de Buenos Aires, quien tiene el mérito de haber abierto en esta línea una ventana novedosa para la investigación psicoanalítica. Especialmente hacia los años 90, la mira de la investigación psicoanalítica se concentraba sobre el enigma y la complejidad de la femineidad. ¿Por qué no investigar también acerca de la posición masculina en vez de conformarse con las respuestas que se limitan al falo-centrismo del varón?

A propósito de ello, existe una interpretación – muy habitual de encontrar en el discurso -, que lee la relación entre hombres y mujeres en los términos de una lucha de poder de un sexo sobre el otro. El libro de Esther Vilar [2]El varón domado (1971), citado en una Editorial del Diario de las Jornadas españolas, resulta un claro exponente de la misma. En su momento, este texto surgió como una contra-respuesta a los movimientos feministas que se impusieron hacia fines de la década de los sesenta. La tesis principal de la autora es que el verdadero poder lo poseen las mujeres, y los hombres son en el fondo, seres castrados y esclavizados por el dominio femenino. El texto plantea una dialéctica en los términos de una manipulación de la mujer sobre el hombre que, mediante artilugios de seducción y condicionamiento, comandaría al varón al servicio de su capricho. El libro alcanzó una gran popularidad en esos tiempos y despertó tal controversia, especialmente en los círculos feministas, que la autora incluso llegó a recibir amenazas de muerte.

La figura de la domadora y su varón representa muy bien lo que es un clásico: el fantasma de “sojuzgamiento” en el que sea como fuere que se distribuyan los lugares, ambos sexos quedan posicionados de igual forma, en referencia a la lógica fálica. Lo femenino se superpone con la histeria y se asegura así el desencuentro entre los sexos – al evitar lo Otro, el Otro sexo -, desviándose, las partes, por la vía de una lucha de”géneros” que puede, muchas veces, llegar a resultar feroz y oprimente.

Al respecto y para introducir una particular resonancia sobre estas cuestiones tan sensibles en lo que atañe a la diferencia de los sexos, me resultó interesante evocar la singular experiencia que sobre estos temas nos transmite Ricardo Coler [3] en su investigación periodística reflejada en su libro El reino de las mujeres, el último matriarcado, del cual compartimos con ustedes un extracto.

El autor, movido por el interrogante de investigar qué ocurre con los roles masculinos y femeninos cuando las mujeres mandan, viaja a China y convive un tiempo en la comunidad de los Mosuos. Para terminar concluyendo – con un asombro que resulta recurrente todo a lo largo del texto una y otra vez – que “una sociedad con el poder en manos de las mujeres no es exactamente el reverso de una sociedad con el poder en manos de los hombres” (pág. 62). Al menos a orillas del Lago Lugo, en el poblado de Loshui. Cambian los lugares y con ello las reglas de juego, lo cual hace que no se replique necesariamente el mismo modelo de manera inversa. Más bien, se funda una dialéctica distinta.

Éste es el punto más sustancioso: un inédito encuentro con lo femenino allí donde se esperaba encontrar el falo. Hay algo en laactitud de mando de la matriarca que funciona no como un velo tras el cual se oculta una mujer, sino donde más bien “una mujer está allí sin ocultarse” – nos dice Coler.

Lejos de “varones domados”, el periodista halló en la sociedad matriarcal algo del orden de un “paraíso” para los hombres. Dice, puntualmente: “En el reino de los hombres, las mujeres trabajan. En el reino de las mujeres, los hombres descansan” (pág. 201).

Sexualmente satisfechos y muy a gusto. Gozando de gran cantidad de tiempo libre. Sin tensiones por la responsabilidad de la familia ni acoso alguno por parte de “ex esposas”. Conservan su condición de hijos, viven con las madres; pero al mismo tiempo resultan furtivos y discretos amantes. Las mujeres – a lo sumo – esperan de ellos sólo el placer de compartir un tiempo agradable.

Seguramente facilitados por su organización cultural, estos hombres asumen la sujeción a una ley Otra con una inédita “naturalidad” – que para los parámetros de la patriarcalidad despertaría todo tipo de fantasmas de sometimiento, en sus diversas variantes. Sin embargo, estos hombres en absoluto sienten en jaque su masculinidad. Más bien, su posición les habilita a compartir algo más cercano al éxtasis del goce femenino. Obviamente, la contraparte funciona de un modo también sorprendente. Porque si bien es evidente el peso de la jerarquía femenina en la vida cotidiana, el poder es usado sin la opresión que esa supremacía puede ejercer.

Con una postura erguida, ellas gritan. Los hombres bajan la cabeza y obedecen. Pero, estos hombres lejos de conflictuarse con la fantasía de “dominados” y “falderos” – narcisismo a un lado – , avanzan desde allí hacia las puertas del “paraíso”. Ya que a la hora del amor, estas mujeres abandonan esa actitud autoritaria para presentarse seductoras y encantadoras. Pues lo que pretenden de un hombre – y esto parece ser un universal en todas las sociedades -, es alguien que les preste atención, las cuide y las proteja, y se mantenga interesado por ellas todo el tiempo.

– Una particular sabiduría ancestral respecto de lo que es el ejercicio del poder.
Curiosamente, en el matriarcado son los hombres quienes toman las grandes decisiones pero, las grandes decisiones no son consideradas importantes. Lo importante es que el fuego del hogar nunca se apague, el bienestar de la familia, estar enamorada, el sexo y el deseo de un hombre.
“Eso vale la pena” – confiesa Tsunami Ana, dama de conocida bravura indulgente con las limitaciones masculinas (pág. 106).

Sin duda, las modalidades de goce y sus semblantes ponen y seguirán poniendo el deseo a trabajar.

 

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